
No era de los Ortega de Cádiz a los que, según la seguiriya que rescató Demófilo, había que llorar al entrar por Puerta Tierra. Pero era tan Caracol como el de la calle Lumbreras y siempre llevó su casa a cuestas. Federico Casado Algrenti, Caracolillo sobre los escenarios, murió ayer en su casa trianera con casi 79 años. Iba a cumplirlos el próximo día 10 de marzo. Pero ha preferido regresar ya a la vera de su Reina. De hecho, pese a ser un bailaor y bailarín de éxito en todo el mundo, nunca le importó que lo señalaran como el marido de doña Juana Reina. Y es que desde que salió de Cádiz con seis años su destino estaba marcado. Iba a ser el rey consorte de la copla. Danza pura que inspiró los desplantes de su mujer hasta conseguir que su voz de nácar bailara sobre los versos de Rafael de León. Porque Caracolillo fue un maestro no sólo por regentar un Estudio de Danza en Sevilla hasta el año 2002 del que han salido muchas de las grandes figuras del baile de hoy. Lo fue también porque siendo un monstruo de la danza puso todo su talento durante décadas al servicio de su esposa. Y porque, desde que lloró saliendo por Puerta Tierra en su infancia, mamó en Triana la mitad de todas sus esencias. La otra mitad le llegó de la Macarena por la vía nupcial.
Ayer murió alejado del ruido de los años de las variedades. Retirado ya de ese trajín que le cerró los teatros en el 1999, tras morir su mujer, y su escuela en 2002, al jubilarse. Había tenido algunos achaques durante las últimas semanas. Y no ha logrado superarlo. Quienes lo conocieron bien están seguros de que tenía prisa por volver con Juana. Así que en la gloria estarán ahora diciéndose aquella letra: «Subiste a los carteles, / en un momento... / los brillos de tus caireles, / son mi tormento». Pero Caracolillo también puede cantar su propia historia. Que es en sí misma una copla de los años difíciles.
Es Caracol, aunque no sea de los Ortega, porque su abuelo, que llevaba como empresario la vieja plaza de toros de Cádiz, tenía ese apodo. Lo heredó su hermano Francisco, que también fue bailaor. Y él, como era más chico, se quedó con el diminutivo. Caracolillo. Con 15 años ya estaba bailando en los principales teatros de España gracias a la compañía Los Chavalillos, en la que interpretaba danzas folclóricas al estilo de la antigua Sección Femenina.
Pero su paso por la academia de los hermanos Pericen en Madrid le cambió la vida. La danza española le abrió los principales escenarios del mundo. Y su aprendizaje con Héctor Zaraspe, quien después enseñaría al mismísimo Nureyev, fue crucial para su consagración como bailarín clásico. Fue, de hecho, primera figura del ballet de la gran Pilar López, la hermana de la Argentinita. Hasta que creó su propia compañía, con la que se convirtió en una estrella en los Estados Unidos a comienzos de los años cincuenta.
Sin embargo, de regreso a España con su ballet es contratado para integrarse en los espectáculos de Juanita Reina. Año 1958. Ya nunca se apartaría de ella. Todo su afán fue regalar su creatividad a su esposa para que sus obras cobraran una relevancia inaudita hasta entonces en nuestro país. Dirigió «Señorío», «Con el arte por bandera», «Filigrana española» o «Canción y danza». Y a partir de 1976 se centró en la enseñaza a través de su Estudio de Danza, que regentó hasta su jubilación en 2002 imponiendo a sus discípulos una férrea disciplina y sin vanagloriarse jamás de su exitoso pasado, que le llevó incluso a recibir la Condecoración de Caballero de la Orden del Mérito Civil.
Ahora, el rey de la copla que vino de Cádiz a los Salesianos de Triana le está bailando otra vez a su Reina en la Macarena. Allí se celebrará mañana, a partir de las diez, su funeral. Ante la Esperanza. Como hizo doña Juana en 1999. Y allí su hijo Federico, viejo armao de la Centuria, llorará por Caracolillo, sin pasar por Puerta Tierra, mientras rememora la felicidad de un matrimonio de cine.
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